Ciego frente un elefante

La voz de la radio anuncia la fuga de un elefante: grande, vigoroso, fiero. La multitud acaba de marchar, y el último trovador corre tras una moneda.

Nadie corre, nadie habla, nadie mira. Todo alrededor es una creación de un supuesto. El piso tiembla, el polvo se levanta. Un sonido escalofriante escaramuza su piel. Imagina a un hombre que equivale a cinco y gordo como cinco, de voz estrambótica corriendo a toda marcha frente a él.

El trovador grita enérgico: ¡Ahí va el elefante! , – ¿Qué elefante? ¡Soy ciego, trovador!

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Un papel arrugado y un lápiz gastado

De color amarillo y tirado  en la mesa, muestra  rasguños  por apretujones de dedos  y  raídos de uñas, cada vez más golpeado, pero también menos usado,  se encuentra descansando un lápiz  sobre la mesa.

Junto  al lápiz,   un trozo arrugado de papel y de cuerpo cuadriculado que recorre al tacho y luego el olvido. Un par de cuadernos a la izquierda con  sticker´s que los identifican. Nada llamativo en particular. Nada.  El polvillo del lápiz  apunta  y presiona sobre la nueva hoja, revive su acción y acaba su descanso.

Es una semana de parciales y  de tareas pendientes,  la que ha  traído su cuerpo al uso constante en las noches, olvidando su pasividad en la repisa junto a las monedas.

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Un hombre menos no importa

Un alma errante camina bajo  el manto de la oscuridad,  mientras sus ojos desorbitados observan la soledad.  Acaba de comprender que la sociedad lo abandonó, o él abandonó la sociedad.  Reposa su cansancio sobre una pared desgasta  y con escritos de vándalos. Le es indiferente. Lleva  sus manos a la cabeza y  vocifera enajenado. Sus ojos se volvieron más grandes, sus cabellos vuelan por los aires, sus pómulos se ruborizan y se lanza frente al auto que recorre la utopista a más de cien. Un hombre menos  no importa.

Historias escritas de noche